Era una niña en la niñez anclada.
Siempre tuvo aspecto de muñeca, pero no de fragil muñequita cursi, sino amable, cariñosa, una muñeca a la que recordarás de adulto como la sonrisa de aquel tiempo de fantasía, y que te inyectaba ganas de jugar con ella.
De quererla.
Era sencilla, discreta, siempre dispuesta a ayudar, a jugar con todo el mundo, incluso con aquellas a quien marginaba el grupo en el recreo.
Una sonrisa en una cara de niña eterna.
Las niñas le tenían celos.
Y no porque fuera la más guapa, o la más rica, ni la más lista, ni la favorita de la señorita Ascensión.
Es que tenía aura, aunque no supiéramos lo que era
aquello, ni, sinceramente, yo creo que tal cosa exista.
Pero Laura la tenía.
La veías, y sabías que estabas en puerto seguro, en un puerto con playa ancha y sol amable.
De ella aprendí que existía la hipocresía, aunque no fue ella quien me dio lecciones en tal materia.
Cuando salíamos de clase, antes de formarse los grupos definitivos del recreo, se formaban corrillos a la sombra, corrillos chillones, hiperactivos, ruidosos como de animalillos a los que acaban de sacar al corral para que se muevan. Y entonces ocurría.
Todo el mundo era bueno y guapo… mientras estuviera de cuerpo presente, porque en cuanto alguien abandonaba el corrillo, se abrían las espuertas de la mierda y se producía una inundación de maldades y cotilleos varios que solo remitía si el sujeto a diseccionar volvía por azar al grupo, o si alguna otra víctima lo abandonaba.
Laura era casi siempre la primera en soltarse porque salía corriendo a buscar entre los parvulillos dónde andaba su hermana pequeña, para darle un beso y recomponerle el pelo.
Yo escuchaba y pensaba que eran todas tontas, que cómo podían considerar amigas a personas que despellejan vivo a todo dios, y que en cuanto te das la vuelta te despellejan viva a tí también. No me digas que no se daban cuenta.
Pero a todas les convenía ser amiguita de Laura, porque ella tenía algo que a todas fascinaba: una auténtica chimenea en su salón, con fuego y todo, y una alfombra delante para tumbarse al calorcito. Los padres, que sentían nostalgia de la Alemania que los acogió y les dio prosperidad a cambio del sudor de sus frentes.
Y su madre hacía unas comidas raras con nombres más raros todavía, y que a todas les encantaba.
Las niñas se morían de celos, incluso las más ricas y las más guapas, y ella ni siquera se enteró. Laura fue la primera en tener pecho, y alguna anduvo verde durante meses por ello.
A mí me gustaba ir a casa de Laura porque allí estaba ella, y porque aquello era como de película: todos los personajes eran buenos, todos se querían, todos eran felices, y todos tenían hoyuelos y arrugas de los que producen las sonrisas cuando se las implanta permanentemente en la vida.
Yo chupaba cual parásito de aquella felicidad y me alimentaba de ella, me llevaba una ración, la guardaba y la partía en porciones, y la administraba con sabiduría y paciencia para que durara más, y siempre volvía a la fuente, y me alegraba que existieran la felicidad y las personas felices, porque todo lo que es bueno está bien que exista.
Sus padres también fueron decisivos en una época de mi vida en la que yo decidí dónde estaba mi felicidad, pero la familia no me soltaba. Ellos compraron mi libertad con palabras y razones, gracias a ellos aquellos primeros pasos fueron difíciles, pero no sangrantes.
Laura sufrió lo que no se merecía durante estos últimos años. Su familia con ella.
Laura, mujer en la niñez anclada, que nunca perdió la alegría que tuvo de niña, que siempre fue igual y no cambió.
Primero fueron los pechos que habían alimentado a dos hijos, y que hubo que extirpar.
Pero luego el cáncer se extendió, y ya no encontraron forma de pararlo.
Enterraron a Laura la semana pasada, y desde entonces el mundo es más oscuro y menos bueno.






-…eeeuuuhhhhmmm… mama?- preguntó el niño a la figura encorvada que, frenética, y con los rizos llenos de harina, canturreaba febrilmente ocupada en pesar 90 gr de cacao puro, añadirlo a uno de los dos montones de masa en sendos cuencos que delante de ella tenía, y rellenar los moldes de magdalenas, poquito a poquito y sirviéndose para ello de dos cucharas, por no entretenerse en buscar la manga pastelera que está muy rescondida, la muy impaciente.
-Me asustas, madre, no tendrás fiebre?
Buen Año, y Buena Suerte, que cambie la fecha del calendario para que no cambie nada.
Dos mujeres se encuentran frente a frente en un cruce de caminos.
Y entonces tengo que quedármelas.
Recuerdo, por ejemplo, una imagen que me asaltó hace unos años, y que decidió llamarse PIEL. Antes de nacer ya tenía claro su nombre y destino, aunque la gente a mi alrededor no entendía qué hacía yo tomando aquella foto. No importa. Todo el que me conoce sabe que muy católica nunca he sido. Ni he estado.
(Yo: ‘Abuelo, no los cuentes más, que los billetes no paren…’ Él: ‘Por si acaso, hija, por si acaso….’)
Una vez, Vitruvia, maravillosa Vitruvia, me pidió jugar con ella al “tú me prestas una imagen, yo le pongo letra”, y no tuve que pensar cual imagen sería la elegida, porque esta me asaltó desde un rincón de la nostalgia.
Y el niño está cansado, y tiene calor, y tiene sueño, y no para hasta que se sube al brazo de la madre y se le cuelga del pelo con las dos manitas; estrategia que le libra de terminar en la cuna a traición nada más quedarse dormido, que sabe mucho el niño y no le gusta que le tomen el pelo, que prefiere tomarlo él.
Y entonces te asalta la imagen, que te sugiere su propio nombre mientras tú todavía estás demasiado ocupada en sacarte el movil del bolso y en acercarte en silencio para que no se te mueva nadie.
Y entonces viene Vitruvia y te pide una foto, y tú le mandas esta nostalgia, este recuerdo, este símbolo de una tarde de verano.
Reproduzco aquí un comunicado del
.
.Supongo que yo no tengo ni tradición iconoclasta de esas ni tabú ni idea de mal gusto, porque a mí este cartel de
Que alguien me robe del calendario el mes de noviembre (o al menos los días entre el 10 y el 14), que se me ha llenado de cementerio, y estos días ya no hay quién los viva.
-Y, has escrito algún cuento de horror para este Halloween?
(a Juan Carlos, que volvió a coger su maleta, para ir a hacer otra función en las estrellas, y discutir con ellas sobre lo terrorífico de las casualidades.
“Siempre consigues lo que deseas…” ay! pero no era cierto, o sí..
Cuando: hoy, por ejemplo.